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viernes, 21 de octubre de 2011

El parque Martí: un libro de historia escrito en piedras

Cuando un palmero recuerda a Palma, inevitablemente piensa en el parque Martí, corazón palpitante de la ciudad, punto obligado de encuentros, lugar insustituible para refrescar el alma. Otras ciudades exhiben catedrales y teatros de incalculable valor arquitectónico e histórico. Nosotros, nos enorgullecemos de un parque bajo cuyos árboles frondosos nacieron nuestras primeras ilusiones juveniles.  

Pero el parque Martí es también un resumen de la historia de la  ciudad que el tiempo no ha podido borrar como tantas otras cosas. Comenzó como un simple espacio reservado para ejercicios militares, la Plaza de Armas, en los planos de parcelación originales de la Caballería de la Virgen, y por muchos años sólo sirvió para que allí pacieran tranquilamente los animales que deambulaban por el caserío. Al terminar la Guerra de los diez años, la población había crecido lo suficiente para convertir el Partido de Cauto Garzón en Ayuntamiento independiente de Santiago de Cuba y al año siguiente, y en 1880, se plantaron dos hileras de salvaderas para trazar los límites de la Plaza de Armas, aunque la situación no cambió mucho. Y tampoco mejoró cuando el Teniente Coronel español Cesáreo Ruiz Valero ordenó cercarla con alambres lisos sujetos por horcones de madera y cubrir con lajas sus límites con el Camino Real de la Isla (hoy calle Martí) para evitar el pastoreo de animales. Tanto la cerca como la acera desaparecieron en poco tiempo y en su piso de tierra seguía creciendo la hierba. Como carecía de asientos los vecinos sólo la utilizaban para acortar camino entre una calle y otra.  

Fue en una de sus esquinas donde se expuso el cadáver de José Martí cuando cayó en Dos Ríos en 1895. Y en el mismo escenario fue recibido con júbilo y patriotismo, el  27 de agosto de 1898, el escuadrón Cumaná encabezado por el general del Ejército Libertador Agustín Cebreco. No es sorprendente pues que el primer alcalde electo de Palma Soriano, el comandante mambí Arístides García Gómez, tras rebautizar la antigua plaza con el nombre de José Martí mediante una Ordenanza Municipal en 1904, se trazara como objetivo convertirla en un verdadero parque para el disfrute de la población. En 1905 se derribaron las salvaderas, se niveló el terreno, se instalaron 16 bancos de madera, 4 farolas de petróleo (una en cada esquina) y se construyó un muro que le rodeaba por sus cuatro lados. A partir de ahora, el parque Martí será el corazón vivo y palpitante de la ciudad.

El nacimiento del moderno Palma Soriano (1910 – 1914) con la inauguración del primer Acueducto, una planta eléctrica y la instalación de algunos teléfonos se reflejó también en nuestro parque. En una de sus esquinas abrió sus puertas el Teatro Martí, primer cine de la ciudad con sus paredes de madera y techo de zinc. Al mismo tiempo se colectan fondos entre vecinos y comerciantes para mejorarlo y hasta las recaudaciones obtenidas por la operación de un ferrocarril en miniatura que el Sr. Mariano Berland había instalado desde julio de 1909 en las inmediaciones del parque para delicia de los niños, fueron donadas para embellecer el lugar.

Con ese dinero se construyó un paseo de circunvalación del que partían ocho paseos transversales: uno de cada esquina y uno de cada media cuadra que convergían en una rotonda central, dejando entre ellos espacios triangulares utilizados como jardines. En los paseos, hechos de lajas como la circunvalación y la rotonda, se instalaron bancos de madera con espaldar. Y toda el area se iluminó con farolas eléctricas que sustituyeron las de petróleo. Pero la comisión “Pro Parque Martí” no quedó satisfecha: quería colocar en la rotonda central un monumento que recordara la breve estancia del cadáver del Apóstol en este lugar. Un sueño caro, sin lugar a dudas.

Por esa época se guardaban en la casa del concejal  José Rafael Estrada, las piezas de un monumento destinado a señalar en Dos Ríos el lugar exacto donde cayó Martí que, financiado por suscripción popular, había sido esculpido en Italia en mármol de Carrara. Pero el deplorable estado de los caminos de acceso impedía que los pesados mármoles llegaran a su destino. Entonces, a propuestas del alcalde municipal, Gerardo Gómez Aja, y con la aprobación del concejal Estrada, se decidió emplazarlo en la rotonda central del parque. El 25 de agosto de 1912 se colocaba la primera piedra y el 20 de mayo de 1913 quedaba solemnemente inaugurado el monumento tras ser desvelado por el General del Ejército Libertador Jesús Rabí. Ese día, además de los diversos actos y desfiles para celebrar el nacimiento de la República, se produce allí, a los pies del Apóstol, la primera retreta pública de la recién fundada Banda Municipal de Música compuesta por 20 jóvenes palmeros que con sus flamantes uniformes iniciaron una tradición que todavía perdura. Desde entonces, el parque y su monumento han sido testigos de actos, conmemoraciones y actividades diversas del pueblo palmero.

Por décadas, pasear por el parque Martí en las cálidas  noches de Palma, las mujeres en un sentido y los hombres en el contrario, fue –y sigue siendo- una de las diversiones preferidas de la juventud. Allí podían darse cita los jóvenes enamorados, compartir con los amigos el último libro adquirido en la Casa Rego o los resultados del juego de pelota de la noche anterior o simplemente pasar un rato entretenido.

Hoy, la retreta sigue funcionando los jueves y domingos; en sus bancos, los jóvenes siguen reuniéndose al salir de la escuela y el parque Martí sigue siendo punto de encuentro para todos los palmeros que le consideran suyo, porque lo es.






martes, 18 de octubre de 2011

Palma Soriano, una ciudad orgullosamente mulata

Los palmeros necesitamos muy poco para ser felices. Fiesteros por naturaleza, aprovechamos los domingos para dar una vuelta por el Parque Martí o para celebrar una fiesta en el Tropical Park. No nos gusta tratar a nadie de usted, entramos hasta la cocina en las casas de nuestros vecinos, sonreímos fácilmente, nos burlamos de nuestras propias desgracias y hasta en la funeraria hacemos un chiste verde.

Lo mismo jugamos al dominó en la calle Cisneros entre Martí y Maceo de Palma que en un parque de la calle 8 de Miami. Pero siempre con fichas bien hechas, preferentemente de marfil para que suenen tan fuerte sobre la mesa como la voz de los jugadores.

Despreciamos a los envidiosos, detestamos los oportunistas, odiamos la ambición y la mentira, la doble cara y la avaricia. Pero sobre todo, repudiamos con todas nuestras fuerzas a los chivatos.

Nos proponemos lo que todos creen que no vamos a lograr y tratamos de conseguirlo de cualquier modo porque hemos hecho del “a lo mejor” un lugar común para la expectativa.

Cubano hasta la médula, el palmero tiene respuestas para todo, lo sabe todo, lee los periódicos entre líneas, y es capaz de arreglar el mundo mientras se toma una cerveza. No importa si está en la calle 8 o en la calle 26 de Julio, en la Terraza Club o en el Versalles,  en el BBQ de  Martí esquina Céspedes o en La Carreta de la sagűesera. Pero eso sí, somos gente humilde, no somos pesimistas ni nos ensañamos en la victoria porque nuestra estirpe no es de perdedores.

Así es nuestra ciudad con su cultura mulata fruto de la unión de blancos y negros, moros y españoles, chinos y japoneses, cristianos y hebreos. Una ciudad solidaria, humana, hospitalaria, próspera y alegre donde el color de la piel o el origen social es secundario porque lo que realmente importa es la aristocracia del talento.

lunes, 17 de octubre de 2011

Una esquina palmera: Martí y 26 de Julio

La esquina de Martí y Estrada Palma, hoy 26 de Julio, es y ha sido siempre el corazón palpitante de la ciudad. Allí se encuentran la tienda La Campana, el restaurant y cafetería El Ovejito, y la Cafetería Central No. 1 con su Terraza Club en la segunda planta. La cuarta esquina es el Parque Martí, que tan gratos recuerdos de juventud le trae a todos los palmeros.
En los años 30, Manuel Martínez abrió las puertas de La Campana, una tienda de ropas y bisutería donde se vendía de todo… y a muy buenos precios: Camisas de trabajo a ochenta centavos; pantalones de mezclilla a peso; medias de trabajo a 25 centavos; sombreros a la moda y con cintas a tres pesos, zapatos Amadeo o Tom McCain muy populares en otros tiempos. Anteriormente, el edificio albergó varios pequeños negocios, entre ellos una barbería cuyas encristaladas paredes pueden verse en otras fotos antiguas, con varios clientes sentados en sillas de tijera esperando su turno mientras leen el Diario de la Marina, Bohemia o Carteles y dos sillones de barbería, ocupados con peludos clientes.
El dueño de La Campana, Manuel Martínez, era un hombre singular y carismático que como buen comerciante minorista sabía que un cliente satisfecho vale por dos… y siempre vuelve a la tienda. Con su eterna sonrisa, Manolo siempre estaba disponible para atender a todos, gastara cinco centavos o varios pesos. Cuando veía, desde su escritorio en la trastienda, que un cliente se iba con las manos vacías, salía raudo y veloz con su gran sonrisa en ristre y le mostraba diversos cofres llenos de objetos, y casi seguro el hombre o la mujer de la ciudad o de tránsito por Palma se llevaba algo. El piso del salón era de mosaicos españoles, mientras el amplio corredor y los escalones que se elevaban dos niveles desde la acera estaban cubiertos por gruesas lajas extraídas del Río Cauto. En algunas fotos de antaño se pueden ver las gruesas argollas de bronce donde amarraban sus caballos los que venían de los montes aledaños o los vendedores de viandas, frutas y hortalizas que transportaban en serones de yagua sobre mulos y burros. Hoy, remodelada y convertida en una moderna tienda por departamentos.
Al frente, en la década de los 50 y principios de los 60, se levantaba el amplio Bar Rodríguez con su parte techada y la otra, tipo terraza, sin techo pero protegida por unas maravillosas enredaderas por las que se filtraba la luz del sol antes de llegar a las mesas. Hoy ha sido remodelado y la terraza de enredaderas ya no existe. En su lugar se levanta hoy el acogedor restaurant El Ovejito.
Esta esquina fue y sigue siendo una zona muy transitada de Palma. Entre el bar Rodríguez y la cafetería Oquendo se encontraba la piquera inter-municipal de autos de alquiler cuyos choferes, que por algún motivo eran llamados boteros, eran muy conocidos y respetados por todos los que necesitaban viajar a Santiago. ¿Quién de aquella época no recuerda a Sosa, a Fausto, a Guiro…? Al lado de La Campana, por Martí, estuvo más tarde la Ruta 34, línea de ómnibus entre Santiago de Cuba y La Habana, aunque también paraban allí otras rutas con destino a Manzanillo y Holguín.  Allí lo mismo se voceaba a pleno pulmón un número para el próximo sorteo de la lotería que los mil y un productos de la confitería criolla. Y por supuesto, no podían faltar los sillones de limpiabotas (en la foto se ven dos) actividad conque decenas de palmeros se ganaron la vida, generación tras generación.
La cafetería Oquendo fue famosa en los años 50 entre los choferes de guaguas, carros ligeros, motociclistas y transeúntes que allí podían tomar, las 24 horas del día, una taza de aromático café que apenas costaba tres o cinco centavos. Hoy se ha transformado en la Cafetería Central No. 1 de Palma Soriano, dotada con una nueva cafetera a vapor que cuela al instante y televisor en colores donde puedes tomar una taza de café acompañada de una azucarera de cristal y agua por un precio de 45 centavos.
En los altos, la Terraza, un club que en los 50 llenó de música y alegría las noches palmeras propiedad de Cuco Fajardo Fiol. Aquí, el primer día del carnaval de 1952 estrenó Beny Moré la canción Adiós a Palma Soriano del bayamés Ramón Cabrera, que casi se convirtió en un himno de la ciudad. .
Muchos comercios privados han desaparecido en los últimos 60 años, pero La Campana, el Bar Rodríguez, la Cafetería Oquendo y la Terraza siguen en pie aunque sus nombres hayan cambiado, recordándonos insistentemente aquellos negocios originales de una de las esquinas más concurridas de la ciudad que con el paso de los años se ha convertido en algo muy especial en el corazón de lo que fue y será Palma Soriano.



sábado, 15 de octubre de 2011

El Juego en Palma Soriano


Jugadores ha habido siempre y también los hubo en Palma. Ricos herederos que perdían hasta la camisa en los exclusivos salones del Unión Club y terminaban suicidándose al no poder pagar sus deudas; jugadores compulsivos que desfalcaban el lugar donde trabajaban para pagar sus deudas de juego y luego huían de la justicia toda la vida; infelices que buscaban en la ilegal “bolita” el dinero imprescindible para sus cubrir necesidades diarias…

Pero dos juegos eran el centro de atención de los palmeros: la lotería y las peleas de gallos. Con la primera se apostaba al sueño de convertirse en millonario de la noche a la mañana; con la segunda, más que las ganancias era el estímulo de adrenalina generado por la lidia lo que importaba.

Con la lotería hubo casos increíbles como el de Baldomero Casas Fernández, el único millonario verdadero que tuvo Palma en la década de los 50. Cuando llegó de España en 1925 con 17 años era el típico "sobrín" de Antonio Casas, dueño de un modesto almacén de café, azúcar de consumo local, e importación de víveres y mercancías. Pero el muchacho tenía chispa, inteligencia, don de gente… y pronto se ganó la confianza del tío que aprovechaba sus habilidades para estrechar relaciones con personajes en posiciones claves para sus intereses comerciales. Alrededor de 1940, ya Baldomero era socio de Casas y CIA. y aprovechó su experiencia en el giro para aumentar las ganancias del negocio cuando la II Guerra Mundial generó necesidades extraordinarias de ciertos productos básicos en otras partes del mundo.

En 1945, al terminar la guerra, Casas y Compañía se había convertido en la mayor del giro en su territorio y una de las primeras en el país. Pero Baldomero no dejó de apostar al sueño de la lotería: compró un billete y ganó el premio mayor. Y en lugar de gastar el dinero en lujos extravagantes decidió incursionar en la industria azucarera que conocía bien porque durante años actuó como refaccionista de las tiendas mixtas que existían en los ingenios y colonias de caña. Pensando en grande, ignoró los temores de que el final de la guerra significara nuevas restricciones en la producción de azúcar y compró al Royal Bank of Canada el Central Borjita, situado entre Dos Caminos y Palma Soriano: siete años más tarde la producción se había triplicado. Un poco más tarde, en 1948, compró al mismo banco el central Baltony y repite la hazaña: en menos de diez años su producción aumentó en casi un 50 %. Enorme estímulo para otros hacendados del país que comenzaron a adquirir centrales azucareros adquiridos por compañías extranjeras desde principios de siglo. Alrededor de 35 ingenios pasaron a manos cubanas en un verdadero proceso de “re-nacionalización” regido por las reglas de libre empresa donde todos quedaban satisfechos. Un rescate del patrimonio nacional sin lesionar los legítimos intereses foráneos. En 1958 el 70 % de la industria azucarera de Cuba estaba en manos cubanas.

Otro juego muy popular donde se apostaba fuerte, casi un deporte nacional, eran las peleas de gallos. Tres vallas de gallos hubo en Palma Soriano: una en La Cuba, otra en Moncada de Lilo Martínez y otra en la avenida Libertad cerca del antiguo camino del Pilar propiedad de Antonio (ñico) Rodríguez. Allí se mezclaban hombres de todos los niveles económicos y desaparecían las clases sociales cuando los gallos salían al ruedo y la valla se estremecía del piso al techo por la gritería de la muchedumbre. Hasta una asociación tenían, el Club de los Giros.

Comenzaba la pelea y las aves saltaban, lanzándose picotazos, dispuestos  a herir o matar con las espuelas. El primer gallo herido, sangra; las apuestas estallan en el aire enrarecido de la valla: ¡ vente a dié…. Vente a dié…., lo cojo, lo cojo coño!. Uno de los gallos, el de color mulato se lanza a fondo, levanta las espuelas y en fracciones de segundos pica, hiere, hunde, arranca y la punta de una espuela llega hasta el corazón del otro animal que muere sin darse cuenta porque la sangre lo ahoga, lo ciega. Los gritos de los ganadores sirven de sinfonía. Otros dos gallos ya vienen en las manos de sus dueños que los acariciaban como niños recién nacidos para continuar su ¨pasión¨.

jueves, 13 de octubre de 2011

Palma Soriano y su historia

A veces las ciudades prevalecen, no por su arquitectura ni por sus costumbres, sino porque los hombres que viven en ella, en su constante transitar a lo largo de los siglos, han dejado huellas imborrables como signos de existencia. Empero, el polvo se adueña también de las cosas valiosas y las huellas de esos hombres tienden a borrarse, perdidas en el olvido, si no se es audaz en su búsqueda y si esa ciudad que las atesora no sale a su encuentro.


Uno de esos nombres olvidados por la historia es el de Antonio Vaillant, Marques de Yarayabo

miércoles, 12 de octubre de 2011

Palma Soriano, la ciudad del Cauto

Piscina natural de poca profundidad.
Al fondo los acantilados del r'io Cauto
Palma Soriano no es una ciudad costera, es una ciudad ribereña. No tenemos playa… ni la necesitamos porque tenemos el Cauto que nos espera siempre a una milla del pueblo. Allí los palmeros se han refrescado del calor veraniego desde que el pueblo empezó a formarse, en aguas poco profundas o en otras más peligrosas; se han divertido en el Arrastradero, una corriente larga y rápida que sonaba al atravesar por los acantilados con un fondo liso y suave que terminaba en un pequeño charco turbulento. En su centro, una gran piedra, la parte superior de una persona según una vieja leyenda, recordaba la precaución necesaria al deslizarse por el Arrastradero.
Más adelante, una misteriosa piscina de fondo incierto en cuyas oscuras y tranquilas aguas nadie se atrevía a nadar. Una antigua leyenda recogida entre otros por Eduardo Vázquez, el padre Beteleu y Samuel Deulofeu,  cuenta la historia un curita español–gallego por añadidura– que recién llegado a Palma  se sintió tentado por las aguas de aquella maravillosa piscina natural tapizada por grandes lajas y repleta de biajacas. Pero temeroso de que alguien le viera sin ropas, se lanzó al agua con sotana y todo. Cuando la gruesa tela  comenzó a enchumbarse, el peso le hundió y ni cuatro hombres pudieron sacarlo de las profundidades. Nadie recuerda el nombre del sacerdote pero el lugar fue bautizado por la voz popular como “la poza del Pai” ¿Será este otro cuento o estará basado en una historia real 
De cualquier manera, la Poza del Pai no es la única en el trayecto que sigue el Cauto mientras abraza a Palma Soriano en su milenaria tarea de alisar las piedras. Los palmeros conocen bien la del Deportivo; la Fría, la del Chorrito y la de los Caballos.
Y nadie teme a sus aguas. Cada año, semanas antes de declararse abierta la temporada de verano, decenas de palmeros avituallados con refrescos, jugos naturales o las tradicionales ‘empellitas de puerco”, siguen bajando hasta la calle Moncada y al llegar al Callejón de Soriano enrumban hacia el río Cauto que los espera para refrescar el cuerpo y el alma.
Esta alegría natural, ese disfrute de las cosas simples fue quien inspiró siempre a los palmeros. Para eso estaba esperando el caudaloso Cauto.